Lionel Messi volvió a escribir una página mundialista cargada de drama, angustia y épica. Argentina estuvo al borde de una catástrofe ante Egipto, pero terminó sobreviviendo en uno de los partidos más locos del Mundial 2026.
La Albiceleste perdía 0-2 al minuto 78 y la eliminación parecía una realidad. Egipto había llevado al actual campeón del mundo a la desesperación, aprovechando sus oportunidades y resistiendo cada intento argentino.
Para aumentar el drama, Messi había fallado un penal ante el guardameta Mostafa Shobeir, quien le adivinó la intención y sostuvo durante buena parte del compromiso el sueño egipcio de dar uno de los golpes más grandes del torneo.
Pero Messi, una vez más, apareció cuando Argentina más lo necesitaba.
Al minuto 79, el capitán argentino lanzó un centro preciso para que Cristian “Cuti” Romero cabeceara y descontara el marcador. Ese gol cambió por completo el ánimo del partido.
Cuatro minutos después, Messi sacó un zurdazo violento que venció las manos de Shobeir, las mismas que lo habían frustrado desde el punto de penal. El 2-2 desató una celebración cargada de rabia, alivio y revancha personal.
Argentina ya había evitado la tragedia, pero no quería ir a la prórroga.
En tiempo añadido, Lautaro Martínez escapó por la banda y envió un centro al área. Allí apareció Enzo Fernández, quien pese a estar en desventaja física frente a su marcador, logró cabecear la pelota a la red para firmar el 3-2 definitivo.
El pitazo final dejó una imagen que resume todo: Messi llorando desconsoladamente.
No fue solo por el penal errado. Tampoco únicamente por el golazo. Fue por el vaivén emocional de un partido que tuvo a Argentina eliminada, resucitada y clasificada en cuestión de minutos.
Su llanto escenificó la locura vivida en Atlanta: el miedo, la angustia, la culpa, la redención y el alivio de una selección que estuvo a nada de firmar un fracaso histórico, pero terminó encontrando otro milagro en los pies de su capitán.