
Sochi, Rusia, jun 28 (AFP) por Rosa SULLEIRO- Tras la victoria contra Serbia, Tite confesó que iba a tomarse una caipirinha. Se la merecía. Después de todo el sufrimiento, la Seleçao se había salvado de la primera quema de este Mundial enloquecido, mientras Alemania hacía las maletas por sorpresa. Esta vez el balón entraba para Brasil, que nunca perdió de vista a sus verdugos.
La Canarinha ya salió al estadio de Moscú sabiendo que quienes le habían destrozado el orgullo cuatro años antes tenían el suyo en pedazos. Pero no pudo comenzar a respirar hasta que en el minuto 35 apareció Paulinho volando para poner el 1-0, y luego Thiago Silva cerró el boleto a octavos en el 68.
En una noche dulce, eran precisamente dos de los jugadores más señalados por el desastre que había culminado en el 7-1 los que renacían en Rusia. A ambos la debacle del Mundial-2014 les había acabado costando el exilio de la Canarinha, hasta que llegó Tite y puso a esta generación herida a luchar contra sus fantasmas.
– ‘Más respeto’ –
Nadie de la Seleçao habló directamente de la eliminación de Alemania, conscientes de que no hay plazas aseguradas en la Copa del VAR y los matagigantes, pero sí lo hicieron en un país que no olvida que tuvo que abrir el mismo Maracaná que llevaba 64 años reservándose para que Alemania viviera allí su fiesta soñada.
“¿Esa era la selección en la que debíamos inspirarnos? ¿Por la que sacrificaron a varios entrenadores por no ir a ‘Europa’ a estudiar? ¿Por la que después del 7-1 todo en Brasil estaba mal hecho?”, escribió el excampeón del mundo en 2002 Rivaldo en Instagram, junto a una foto del equipo alemán.
“¡Más respeto a los profesiones brasileños! Quieran o no, somos los únicos con 5 estrellas en el pecho y merecemos respeto”, añadió recordando que tras la eliminación de Alemania, la Seleçao seguirá siendo la única pentacampeona hasta, por lo menos, Catar-2022.
Al mismo tiempo, internet se llenaba de memes exaltando la gesta de Corea (que consumó la salida de Alemania con un inesperado 2-0) o comparando los llantos de la hinchada brasileña desolada en el Mineirao en 2014 con las lágrimas de algunos teutones en Kazán.
“¿¿¿Alemania ya pasó???” ¿¿¿¿Pero por la puerta de embarque????”, preguntaba divertido el exatacante Denilson -también campeón en 2002- en Twitter, mientras Julio Cesar, el portero de la Seleçao en el fatídico 7-1, no podía contener la risa preguntado en televisión sobre la vergonzosa salida de los responsables de la peor noche de su carrera.
– Añorada Bahía –
Pero con la marcha de Alemania, la Canarinha no solo se cobraba una dulce venganza a distancia sino que se libraba de unos posibles octavos que les hubieran obligado a horas de diván, en especial a los seis supervivientes que quedan del derrumbe.
Con nueve de sus campeones en Brasil, la Mannschaft pensaba haber retenido parte de la esencia que le hizo maravillar al mundo hace cuatro años, pero ya nada fluía como durante aquel mes que pasaron preparándose bajo el sol del litoral de Bahía.
En la delegación alemana reconocieron a su llegada a la veraniega Sochi, donde ganaron su único partido contra Suecia, que añoraban el cálido y alegre nordeste brasileño donde habían establecido su exitosa base en 2014 -y era habitual verles pasear, bañarse y hasta bailar-, aunque el aislamiento de su nuevo campamento en las afueras de Moscú no era el culpable de su bajo rendimiento.
La Seleçao, que pasó su Mundial confinado en las montañas de Teresópolis (interior de Rio) ahogándose en su propia presión, había tomado buena nota de los campeones y aprovechó la ventaja de ser el primer equipo en lograr su boleto a Rusia para reservarse la playa de Sochi.
Daba igual que luego el sorteo les mandara a jugar lejos de esta ciudad balnearia del sur -como así ocurrió-, pero a orillas del mar Negro, bajo un sol que no baja de los 30 grados y con una humedad que trasporta a Rio, la Canarinha se siente en casa.
Rodeada de su gente, a los que tienen en un hotel próximo, y disfrutando los días libres en la playa, Tite ha conseguido que su Brasil -y Neymar- estén por fin contentos. Y eso bien vale un trago.
“Aparentemente, estoy en paz. Voy a tomar una caipirinha hoy, me lo voy a permitir”, afirmó sonriendo en Moscú.
No todos han conseguido llegar hasta aquí.
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