El 15 de enero, Liga Deportiva Alajuelense arrancó el Clausura 2026 en el Alejandro Morera Soto con un 2-2 ante Liberia. No era el inicio soñado, pero tampoco encendía alarmas. Venía el campeón absoluto del segundo semestre, el equipo que lo ganó todo, el que firmó el anhelado título 31 el 20 de diciembre. Era, en teoría, el inicio de otra historia grande.
Hoy es 28 de febrero y el panorama es otro. Mes y medio después, la Liga pasó del ensueño al desconcierto. Puntarenas FC fue el equipo que estampó la firma a una primera vuelta desastrosa. No encuentro otro adjetivo. Y a esa fotografía hay que añadir la eliminación en el Torneo de Copa, con una serie en la que el equipo fue claramente superado por Liberia, frustrando la opción de un tricampeonato.
¿Exagerado? Veamos los números: seis fechas sin ganar. Apenas el 30% de los 27 puntos en disputa. Sexto lugar en la tabla al cierre de la primera vuelta, con riesgo real de caer más según se complete la jornada. En un torneo corto, eso no es un bache. Es una señal de crisis.
El término “campeonitis” lo puso sobre la mesa Josué Quesada, periodista costarricense con plataforma digital en YouTube y figura de Teletica, cuando el campeonato apenas tomaba forma. Óscar Ramírez lo refutó en conferencias. En su momento, preferí la cautela. Era temprano. Pero con el 50% del torneo recorrido, resulta imposible no considerar que la Liga vive una crisis empujada por esa peligrosa sensación post-título.
El título 31 fue un desahogo. Para el club y para la afición. El sello de un semestre perfecto, el premio a la insistencia, el alivio tras años de presión. Pero el fútbol no entiende de nostalgias. Y el desahogo puede transformarse en relajación si no se gestiona con firmeza.
No es descabellado pensar que algo se aflojó. En mentalidad, en hambre, en tensión competitiva. La frase del propio técnico tras perder el primer juego de la serie de Copa ante Liberia —“si hay que poner prioridades, los otros torneos (nacional y Concacaf) lo son”— pudo interpretarse como una declaración estratégica. Pero también como gasolina para una relajación peligrosa.
Cuando se transmite que un torneo no es prioridad, el mensaje permea. Y cuando el campeón empieza a administrar esfuerzos desde enero, el margen de error se evapora.
Hoy, la Liga no transmite la convicción del equipo que arrasó en diciembre. Cambia sistemas, rota piezas, intenta reacomodos. Pero el carácter no aparece con la misma contundencia. Hay más posesión que profundidad. Más intención que contundencia. Más pasado que presente.
Lo preocupante no es solo la posición en la tabla. Es la sensación. En torneos cortos, la fecha 9 suele marcar un punto de inflexión. Cinco equipos se perfilan con fuerza por cuatro cupos. Y Alajuelense se ve obligada a hacer cuentas prematuras. En mis cálculos, necesitaría acercarse a 25 puntos de los 27 restantes para asegurarse sin depender de terceros. Eso ya no es administrar. Es remar contracorriente.
En el liguismo la pregunta es directa: ¿qué le pasó al equipo? Desde lo interno no hay una explicación pública que satisfaga. Desde afuera, la lectura parece clara: la “campeonitis” relajó a todos.
No se trata de negar el mérito del título 31. Se trata de entender que el éxito mal gestionado puede ser el inicio de la caída. El campeón debe competir cada semestre como si no tuviera memoria. Porque en el fútbol costarricense la gloria dura poco, y la tabla no respeta medallas.
Alajuelense todavía tiene tiempo. Pero el crédito emocional del título ya se agotó. Ahora solo hablan los puntos. Y hoy, esos puntos describen una crisis que no puede maquillarse.