
Por Jennifer Heck (dpa)
Unas gigantescas torres se elevan frente al visitante. La ciudad de Angkor, en la que se encuentra el templo, fue abandonada hace cientos de años, después de haber sido la capital del reino del pueblo de los jemeres. Sólo un pequeño grupo de monjes budistas se quedó en el templo para cuidarlo.
El rey jemer Suryavarman II fundó el templo de Angkor Wat hace unos 800 años. El rey vivía y rezaba en el templo. Actualmente es una atracción turística visitada por más de un millón de personas al año.
«La fosa de agua fue hecha para proteger a la casa de los dioses contra los enemigos», explica Va Bunny. El joven hace de guía para los visitantes de Angkor Wat. Es un gran conocedor de cada detalle del templo.
El oscuro portal de entrada tiene tres torres y muchas columnas. A la izquierda y a la derecha hay víboras de piedra. «Se les llama nagas», aclara Va Bunny. «No parecen reales, tienen cada una un cuerpo y varias cabezas. La cantidad de cabezas cambia de serpiente a serpiente. Pero eso sí, el número debía ser impar, es decir, cinco, siete, tres o nueve… Los jemeres creían que traían buena suerte.
«Las nagas debían proteger a los dioses», explica Va Bunny. «Es decir, son guardias del templo.» Una vez pasado el pórtico de entrada, se abre un camino que tanto por la izquierda como por la derecha da toda una vuelta al recinto.
Las paredes están decoradas con grandes bajorrelieves. Son figuras esculpidas en la piedra. Parecen esos dibujos de los libros de «Dónde está Wally», tantas son las figuras que incluyen. Representan escenas de la historia del templo.
Un camino de piedra con una larga barandilla de serpientes naga lleva al edificio principal. «Sólo el rey, su familia y los sacerdotes podían pasar por el portal del centro», señala Va Bunny.
«La gente común debía entrar al templo por los portones a la izquierda y la derecha.» Y más allá hay sendas entradas más. Fueron construidas para los elefantes. Por eso no incluyen escaleras, sino una rampa de acceso. Los grandes animales eran utilizados para cargar las grandes piedras para la construcción del templo.
El edifico central consta de tres plantas. El primer piso estaba destinado a la enseñanza. «Allí iba la gente para aprender historias religiosas», dice Va Bunny. El segundo era utilizado para meditar. «Y a la tercera planta sólo tenían acceso libre el rey, su familia y los sacerdotes, quienes se dedicaban a rezar allí», explica el guía.
Esta parte del templo cuenta con una decoración especialmente bonita. Las puertas parecen marcos de cuadros. En algunos lugares hay inscripciones, que también aquí narran la historia del templo.
A Va Bunny le gusta su trabajo. Aun estando todos los días allí, no se cansa de recorrer Angkor Wat: «Aquí no me aburro nunca», nos dice.
